Control Total

La religión y su función en nuestra sociedad

on June 19 | in Mi Mente, Opiniones, Personales | by | with No Comments

Esta es la segunda parte de un artículo que consta de dos partes.

En la columna anterior escribí sobre la religión en nuestra sociedad puertorriqueña y cómo dejamos todo “en las manos del Señor”. Fue una pieza de opinión algo fuerte para mí; escribirla me llevó por varios caminos por los que no estaba preparado y por otros que tuve que dominar para poder convertir las ideas a objetivas. Más aún, esa fue mi opinión, basada en estudios que hace tiempo tomé y de lo que he leído últimamente; claro está que, si está errónea, yo le doy la bienvenida a cualquier corrección o crítica. En la primera parte de este artículo de una milla de largo, hice mención de que la iglesia, de cualquier denominación, tiene unas funciones innegables en la sociedad.

Creo que es bueno entrar un poco en la función de la religión en la sociedad, sin entrar en los aspectos económicos en los que se envuelven una con la otra. En el libro “El Cristo, la luz y otras lumbreras: el problema de las religiones del mundo y la ética mundial”, referenciado por un escrito sobre las funciones de la religión en la sociedad (perteneciente a la Biblioteca del Instituto Tecnológico Autónomo de México) se habla de los cinco grandes mandamientos éticos de gran importancia sociocultural de un país.

La religión contribuye eficazmente en la “educación de actitudes éticas democráticas”, que se supone que deberían ser el fundamento de cualquier sociedad. Estas son:

  1. No matar. Se da por sentado que esto se refiere, aparte de lo obvio, a no causar daño a otro, ya sea miembro o no de nuestra sociedad. “La paz, una cultura de la no violencia y del respeto a toda vida y a la naturaleza”.
  2. No mentir. Esto significa no engañar, y respetar los contratos. No incurrir en prácticas engañosas… y sí, esto incluye al gobierno. “La tolerancia de una vida vivida con veracidad”.
  3. No robar. Tal y como se lee. Esto incluye no violar los derechos de los demás. “La solidaridad; un orden económico justo”.
  4. No entregarse a la prostitución. Aquí se incluye no cometer adulterio. “La igualdad de los derechos, por la hermandad entre hombre y mujer y todos los seres humanos sin distinción de razas”.
  5. Respetar a los padres. Lee: Honra a tu padre como a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo”. Incluye ayudar a los necesitados y débiles en nuestra sociedad, por su bienestar y el de nosotros.

Así que, la iglesia entra en el panorama social por la puerta de la doctrina impartida desde pequeño por nuestras “figuras de autoridad”, pues funciona como catalizador de dichas actitudes éticas. En otras palabras, disemina efectivamente por varios medios de inserción los cinco principios éticos antes mencionados. Lo demás viene entrelazado, con el propósito de proveer sosiego y esperanza en los feligreses. Da un norte y un propósito en específico, y pone orden al caos que es la vida. Sin este orden, la mayoría de los seres humanos no podrían lidiar con el empuje del diario vivir. Muchos, como yo, argumentarían que se trata de control social, con todo y propósitos macabros de control de inteligencia y libre albedrío. Otros más extremos dirían que se trata de una sociedad o club élite de personas ricas que continúan beneficiándose de la humanidad mientras hacen lo que le venga en gana, como permitir hasta cierto punto un dominio social, y doblarla a sus designios. La realidad, gústele a quien le guste, es que las diferentes religiones utilizan el miedo como método de manipulación. Por ejemplo, si no eres fiel creyente (o sea al 100% y no a medias), te quemas en el infierno. Si tu fe no es lo suficientemente grande y sincera, si no oras, o rezas, con verdadero fervor, tus plegarias no serán escuchadas y lo que pides no se cumplirá. Como creyente, tienes que seguir unas instrucciones opresivas y arbitrarias según impuestas en escritos que tienen miles de años, por hombres de una época donde la sociedad y sus éticas eran completamente diferentes a la sociedad en la que vivimos hoy en día. De romper la ley impuesta, encaras graves castigos, tanto terrenales como celestiales. Voy más allá: las doctrinas roban la individualidad; convierten a la persona en un ser que sólo sirve para orar, servir, y “hacer buenas obras” según los cánones establecidos por cada religión. Claro, tenemos que entender que algunas religiones extremistas consideran el sacrificio y muerte de mártires en ataques contra infieles una “buena obra” que se remunera con riquezas, mujeres y otros deseos de la carne…

El problema, mis hermanos puertorriqueños, es cuando la doctrina es tan fuerte que ciega la mente, y se convierte en un pilar absoluto en la formación de decisiones e ideas. Ese absolutismo, sin cuestionar qué es lo que hay más allá, sin individualismo, sin internalizar el hecho de que una religión no es más cierta y única que la otra, es el que lleva a la gente a errar y caer en lo idiota (como definición, no como insulto). El falso positivismo creado por una fe ciega que sangra optimismo es tan dañino como cualquier mentira dicha con convicción. Ese falso positivismo reina incuestionable sobre nuestras vidas, y hasta causa que la gente quiera ser regido con una mano dura, castigadora, que le dé dirección a su vida. A diario tratamos, como sociedad, de encomendarnos a algo que pensamos que solucionará nuestros problemas mágicamente, con sólo hincar rodilla y orar fervorosamente. Las personas que participan de esto llevan su fe en la solapa para que todos vean que son de la masa mayoritaria, y puedan ganar aceptación de sus pares. Lo peor, aparte de la inacción, es que, en ese segmento social, el que no acepta dichos cánones, es marginado y criticado.

Es hora de poner un poco de realismo en nuestra sociedad o, más bien, en nuestra vida. Es hora de aceptar lo que creemos inaceptable y trabajar para hacerlo manejable, para poder trabajarlo y solucionarlo, y sobreponernos a las adversidades en vez de ignorarlas, que es lo que precisamente hacemos al ponerlas en las manos de Dios y en confiar en que “todo saldrá bien” por puro deseo.


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