Servicio (casi negado) con una sonrisa

on March 21 | in Mi Mente, Notas Generales, Opiniones, Personales | by | with No Comments

En Obras Públicas de San Juan tienen más modales que en esta compañía de seguros, aunque no sepan escribir bien.Como parte de mi trabajo, a veces debo salir a visitar a las diferentes compañías de seguros de autos para entregar unos paquetes de programas de computadora. Estos paquetes se les entregan a personas en específico, que a su vez entregan a sus empleados dentro de sus áreas de trabajo.

Hace unos días atrás llegué hasta una de esas compañías, en Guaynabo City (área de San Patricio Plaza), donde tienen tremendas facilidades para los clientes. En cada piso de la torre de esa compañía hay oficinas, desde cafeterías hasta oftalmólogos; “gift shops”, y otras. Por supuesto, también tenemos las oficinas de la compañía. Mi destino fue el tercer piso: Departamento de Reclamaciones. Uno de los ascensores no estaba funcionando, pero tuve suerte de poder entrar al otro rápidamente.

La recepcionista del tercer piso, con una sonrisa a flor de piel y amabilidad que emanaba de sus poros, me recibe, y me indica en qué escritorio en específico tengo que hacer la entrega. Al hacer entrega de los discos del programa, tengo la necesidad de utilizar lo que yo me imaginaba que podrían ser sus impecables baños.

Cabe señalar, que en ese momento tenía una condición por la cual ingería medicamentos que me obligaban a utilizar los sanitarios frecuentemente. Los medicamentos hacían su efecto.

Así que, pregunto a la recepcionista en dónde puedo encontrar el baño, y ella me dirige, con la misma sonrisa que la caracteriza. Caminé hasta donde me dirigió, y encontré que las puertas de los baños estaban cerradas con seguro. Cerca, observé el carrito del empleado de mantenimiento, pero el empleado no estaba en los alrededores. Solo el carrito amarillo, ominoso, con su papel de baño, limpiadores, su escoba y su mapo.

Decidí bajar al segundo piso. Al tratar de entrar a los baños, encontré la misma situación: ¡las puertas cerradas con seguro! Y, lo mismo me ocurrió cuando llegué al primer piso. Mi tolerancia ya empezaba a acabarse, tanto para la búsqueda de un baño disponible como para aguantar el deseo de ir. Decidí bajar hasta el vestíbulo… o Piso “X”, según el elevador.

Una vez en el piso “X”, que lleva hasta la recepción, pregunté a la recepcionista general sobre el uso de los baños. Con paciencia, pero con mis ojos casi flotando de tantas ganas que tenía, le expliqué que tenía una condición que me requería tomar pastillas, que requerían a su vez que fuera al baño constantemente. Ella, con una sonrisa en sus labios más marcada aún que la recepcionista del tercer piso, me contesta, “los baños en cada piso son para uso privado de la compañía, y están cerrados con llave; los de uso público están localizados en el SÉPTIMO piso. Lo siento…”

La miré por unos segundos, y le dije, “o sea, que si hay alguien que tenga apuro, como yo ahora, ¿tiene que subir hasta el séptimo piso?”, mientras miraba detrás de mí tiendas con personas comprando, y mirando la mercancía.

“Sí,” contesta la empleada, “Puede coger las escaleras o el elevador. Hay que subir hasta el séptimo piso”.

De más está decir que me quedé de una pieza. Y, en ese momento, le dije, “¿qué de los que tengan algún tipo de discapacidad? Me pareció notar que en el piso uno y dos, hay escaleras antes de entrar a los baños”.

La recepcionista, visiblemente incómoda, deja ir su sonrisa y me dice, “para eso están los elevadores”, a lo que le respondí, “lo siento, uno de ellos está dañado. El otro pudiese estar en el piso siete. Ahora, imagínese que yo tengo una discapacidad, y tengo que vaciar mi catéter. ¿Qué hago?”

Ella contesta, sin sonrisa alguna en su rostro, “En ese caso, buscaríamos a un gerente, que baje hasta aquí, abra una de las puertas de los pisos más cercanos, en este caso el primero y el segundo, y el cliente puede ir”.

Decidí que ya había entretenido mucho la conversación. “Esas dos entradas tienen escaleras, si no me equivoco. No hay rampas para discapacitados”. La recepcionista me miraba… y ya no sonreía.

Así que, tenemos que los dos baños (según la recepcionista, que alguien me corrija si no es así) que pudiesen ser accesibles para personas necesitadas, tienen escaleras para llegar a ellos, negándole el acceso a cualquiera que utilice una silla de ruedas o que no pueda bajar escaleras (y en craso incumplimiento con la ley de Americans with Disabilities Act (ADA). Es claro que alguien en silla de ruedas o silla motorizada no podría subir sino por el ascensor… y ese día, uno de ellos no estaba funcionando.

“Ojala no sea así en el séptimo;” dije. “Bueno, pues, ¿cómo llego al baño, en relación al elevador?” La recepcionista me explicó, y emprendí mi ascenso de nuevo… excepto que ésta vez no tuve suerte; el elevador se tardaba… y justo cuando me disponía a ir a algún lugar, cualquier lugar, de Plaza San Patricio, las puertas del cielo… digo, del ascensor, se abrieron.

Llego al séptimo piso, me dirijo a los baños… ¡y están cerrados! Busco a un gerente de piso que abra con su llave, y al fin encuentro a una persona amable que me dejara entrar a los baños. Entro, y al menos encuentro baños casi limpios. Con la excepción de unos papeles y la tapa del inodoro salpicada de orines, lo demás estaba relativamente limpio.

Seamos realistas: en el Puerto Rico de hoy y ahora, encontrar un baño limpio, completamente limpio, es altamente improbable. Es como pasar por un pueblo donde no haya mendigos pidiendo dinero en las luces. No existe. Ni se diga de los baños de los restaurantes. ¿Y qué de los baños de “fast foods”? Prefiero pararme en una esquina e irrigar un hidrante.

Me parece mentira que esto suceda en una empresa tan grande como la susodicha compañía de seguros. Un servicio tan básico como el uso de las facilidades sanitarias, cerrado a sus clientes y al público que les visita; cerrado en múltiples pisos. Entiendo que mantener baños constantemente limpios podría tornarse en una tarea gigantesca… y que a lo mejor por eso los tenían cerrados. Aún así, si su problema es el no poder mantenerlos limpios, estoy seguro que contratando a personal extra pueden lograr ese cometido. Mucha gente desplazada trabajaría por un salario mínimo por ponerse los guantes y limpiar un urinal, o un inodoro. O, podemos empezar por enseñarles modales a sus empleados, que al parecer no la utilizan una vez pasan por las puertas de sus casas al mundo de afuera. Y si la razón por la cual se mantienen los baños cerrados es por los visitantes, al menos utilicen la cabeza, y mantengan un baño en el vestíbulo “X” abierto, donde al menos la gente pueda ir antes o después de finalizar sus encomiendas en el edificio.

Si usted que me lee es uno de los que entra a los baños y no tiene consideración por los demás, tengo que preguntarle: ¿cómo puede? ¿En qué momento usted decide no limpiar su propia mala puntería, sea papel o lo que sea, para que los que le siguen a usted puedan usar el baño limpio? ¿Acaso usted se comportaría así en su casa? Estoy seguro que regañaría a su cónyuge o hijos si los agarrara haciendo eso. Tirando papeles mojados en el piso, papel de baño sucio alrededor del bote de basura, y en muchos lugares, con las paredes escritas. Una asquerosidad.

En cuanto a esa compañía de seguros… ¿por qué tantas trabas? Sea la razón que fuese que los lleve a ellos a cerrar sus baños al público en general, mis hermanos Puertorriqueños, el servicio sanitario debe ser como un vaso de agua: que, como decimos en mi pueblo, “no se le niega a nadie”. Más aún cuando se trata de una compañía tan grande como esa. Y si es cuestión de limpiarlos, añadan personal. Estoy seguro que capital hay. Universal puede…


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